El Real Madrid solventó con una autoridad inesperada un partido raro, que afrontó de forma extraña, con una alineación sorprendente. Mourinho le hizo un lío a Caparrós y el Athletic se quedó sin respuesta ante un Madrid que concedió el balón sin ningún disimulo, renunció a crear, a elaborar fútbol y se entregó al contragolpe para mantener ese hilo de vida que aún le queda en la Liga. Así, con esa filosofía chirriante, se impuso en San Mamés en un partido que pudo vencer con mayor contundencia si Higuaín y Di María hubieran estado más inspirados en el remate. Decidieron dos goles de Kaká, que transformó dos penaltis cometidos a Di María, el mejor de su equipo, y uno de Cristiano, que jugó sólo la última media hora.
El Athletic fue un conjunto vulgar en defensa, no existió en el centro del campo y naufragó en ataque. Le faltó lucidez y le sobró precipitación. Salió pasado de revoluciones y se enredó en una lucha cuerpo a cuerpo que le condenó al fracaso. Con una alineación con más músculo que talento, nada le convenía más al Madrid que su rival decidiera no utilizar el balón como arma ofensiva. Se equivocó el Athletic, se equivocó Caparrós y para el Madrid el encuentro fue una inesperada cuesta abajo. Le bastó algo de orden, no perder la concentración, meter intensidad a todas sus acciones y la verticalidad de Di María para deshacerse de un Athletic llamativamente inofensivo. Con esta actitud de los locales, nadie lo pasó peor que Fernando Llorente, totalmente desconectado del resto del equipo y al que sus compañeros apenas supieron encontrar.
El Athletic fue un conjunto vulgar en defensa, no existió en el centro del campo y naufragó en ataque. Le faltó lucidez y le sobró precipitación. Salió pasado de revoluciones y se enredó en una lucha cuerpo a cuerpo que le condenó al fracaso. Con una alineación con más músculo que talento, nada le convenía más al Madrid que su rival decidiera no utilizar el balón como arma ofensiva. Se equivocó el Athletic, se equivocó Caparrós y para el Madrid el encuentro fue una inesperada cuesta abajo. Le bastó algo de orden, no perder la concentración, meter intensidad a todas sus acciones y la verticalidad de Di María para deshacerse de un Athletic llamativamente inofensivo. Con esta actitud de los locales, nadie lo pasó peor que Fernando Llorente, totalmente desconectado del resto del equipo y al que sus compañeros apenas supieron encontrar.
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